El cuidador del bosque de la Mata
- Gente Viajera
- 26 may
- 20 min de lectura
El bosque
Todos conocemos bosques bellísimos que al recorrerlos nos sorprende el orden maravilloso de todos sus elementos naturales: la tupida vegetación sobre un suelo vivo, las rocas cubiertas de musgo, los cauces de agua, el camino umbroso que discurre sin dificultad por sendas que fue abriendo la fauna…; y tras la experiencia de cruzarlo, se reconoce la sabiduría de la Naturaleza…
Pero lo que muy pocos conocen es que, este orden maravilloso, es posible porque hay un buen número de seres anónimos que cuidan cada bosque hasta en sus mínimos detalles.
Una vez comienza a retirarse la nieve, el hielo o los fríos del invierno, y los primeros rayos de sol atraviesan las ramas desnudas de los caducifolios, un equipo mágico de criaturas, que nunca se harán perceptibles a los ojos de los hombres y mujeres que lo cruzan, realizan antes su labor comenzando a estimular con sabiduría las raíces de todos los árboles y arbustos; con este primer quehacer se inicia un plan de trabajos, muy concienzudo, que dura toda la primavera hasta el otoño, para que el bosque se abra al disfrute de los excursionistas.
Pues bien, al extenso bosque La Mata, no muy lejos del Pas del Coro, la zona de mayor altura de esta ladera, regresa su cuidador desde su lugar de retiro durante el invierno, muy posiblemente de la Sierra de Boumort o de algún refugio de la cuenca baja del Segre, de clima más benigno; apenas la nieve cubre aún algunos rododendros de la ladera superior y se acumula en los roquedos más sombríos, el cuidador sabe que ha llegado el momento.
El personaje es un duende, ya maduro e incansable, que lleva años en esa tarea. Tras el largo viaje, detuvo su atestada carreta, llena de todos los materiales que va a necesitar, junto a uno de los puentes situados a la entrada del bosque. muy posiblemente por el Valle de Cabanes. Como todos los años, comprobó que aun colgaban del vano de piedra los carámbanos sobre el cauce del río y que éste bajaba crecido con el primer deshielo.
Se estiró con ganas en aquel lugar que conocía como la palma de su mano, y anduvo unos pasos para comprobar si ya manaba agua de una de las fuentes…; al subir de nuevo a la carreta, hizo una señal a los cuatro ciervos que la arrastraban, para que tomaran camino arriba, mientras repasaba mentalmente la enorme relación de trabajos que tenía que repartir con su nuevo equipo…
El destino es un cerro que domina el bosque, por el que zigzaguea una ancha vereda oculta que nadie ajeno a ellos conoce; libre de las miradas de cualquier caminante, se levanta un recinto de cabañas de piedra y madera que rodean una enorme seta donde tiene su refugio el cuidador.
No quiso esperar, y tras saludar a los que adelantaron su llegada, cogió su mochila con las herramientas básicas y recorrió gran parte del bosque, comprobando si todas las fuentes brotaban limpias o necesitaban reparar el caño, y en una de ellas, la más alejada y quizá su preferida, situada en un claro del bosque, se sentó, abrió su tartera, repuso fuerzas y fruto del cansancio de aquella larga jornada, se quedó dormido escuchando el gorgoteo del agua…
Era su acostumbrado sueño duermevela en el que reconocía cualquier ruido de aquel bosque que desperezaba del invierno. En esto sintió como una sombra se acercaba a saltos a beber de la fuente…; sobre la cazuela donde rebosa el agua, se reflejaba una criatura pequeña, ágil e inquieta que se le quedó mirando como sorprendida… Es sabido que las ardillas siempre beben de aguas limpias que fluyen, y no es extraño que se acercara a esa fuente…
-“¿Eres tu el cuidador de este bosque?”,
-“Si…”
Y sin dejarle terminar, le dijo a bocajarro:
-“¿tendrías trabajo para mi?”.
-“¡hum…! Aquí el trabajo es duro y exigente; necesitamos gente fuerte y acostumbrada a hacer despertar el bosque y ponerlo a punto para los visitantes…”
-“No te preocupes, puedo hacerlo!”.
El duende nunca había tenido una ardilla en su equipo de trabajo; aunque la veía pequeña y poco experimentada, pensó que podría ser rápida para atravesar el bosque de rama en rama… Le cayó bien, la sintió sincera, pensó que podría ser alguien de confianza…
-“¿Estás segura de querer intentarlo?”.
-“Mira duende, he vivido en otros bosques más abajo del valle, y siempre he rendido. He venido por azar a éste porque quería experimentar cómo es la labor en un bosque de altura; creo que te vendré bien…”
-“Venga, me has convencido, acompáñame…”
La ardilla trepó por un abeto, y desde una de las ramas le miró para seguir en el sentido que él iniciaba; aunque el duende andaba todo lo rápido que le permitían sus piernas, la ardilla saltaba y se descolgaba por el ramaje, esperándole de trecho en trecho que él la alcanzara para indicarle por donde seguir…
La ardilla hizo correr al duende, pues éste no quiso que la esperara mucho tiempo sobre las ramas… Así que llegaron al cerro escondido donde iban llegando ya todos los ayudantes desde sus refugios de invierno.
Tengo que advertir al posible lector/a en este punto, que los cuentos nacen de los sueños, o de las ensoñaciones; que se mueven en ese mundo onírico como pez en el agua, pero que nunca son la realidad; aunque muestran un sendero… cuyo término raramente se alcanza.
El recinto
Nada más entrar ya se adivinaba el bullicio, habían llegado casi todos; unos, expertos de otros años y otros, novatos; los ciervos ya habían repartido las llaves de las cabañas y habían limpiado la cocina y el comedor. Existe allí como una plaza con un recinto de piedra donde por las noches hacían brasas para calentarse…
-“Mira oso” dijo el duende, “tenemos una nueva componente en el equipo; creo que es vegetariana…”
-“No te preocupes ardillita” sentenció el oso, que parecía recién salido de su hibernación…; “yo soy el cocinero y aquí mi ayudante, el muflón…” (este hizo una reverencia zalamera con sus dos cuernas retorcidas) “…sabemos hacer unos hongos con frutos secos que son una delicia…”
-“Además…” apostilló el duende, “…el amigo muflón tiene una vista excelente; cuando algo acecha, se sube a aquella peña y escudriña si alguien se acerca…”
-”¿Y qué hacéis entonces?”, inquirió la ardilla curiosa…”
-“Nada, pierde cuidado, nuestros dos mastines son unos eficaces guardianes; salen cerro abajo y con sus ladridos despistan a los intrusos…”; ambos mastines movieron al unísono sus belfos sin sugerir una mueca…
-“Aquí tienes ardilla dos buenos colegas; son serios pero muy nobles…”, confirmó el duende
-“¡Y si no, me hago visible yo unos segundos… ja ja ja”, interrumpió el oso, “y cualquiera desistirá de subir…”
-“Éste…”, siguió el duende, “…es el pequeño corzo; el más hábil para esconderse en el bosque; se encarga de que los arbustos florezcan a tiempo, y saquen sus frutos en otoño…”; y el corzo movió con agilidad sus cuernas puntiagudas…
-“Solo que es un poco trasnochador…”; y entornó los ojos en un gesto de asentimiento.
-“¡Ven rebeco!” se dirigió el duende a una que acababa de llegar…; “te presento a nuestra ardilla…”
Se miraron ambas, y la rebeco levantó sus largas orejas y puso unos ojos como platos...
-“¡Ardilla…!! ¿qué haces aquí?”; y la ardilla dio un salto hacia ella…
-“¡Hemos trabajado juntas en otro bosque del valle…!” exclamó la rebeco “¡que buen fichaje has hecho jefe…!”
Y al duende le brillaron las pupilas ante tamaño reconocimiento, mientras ambas se abrazaron, con un gesto, que solo puede ser imaginable en este lugar, entre un rebeco y una ardilla…
-“La rebeco es buena corredora, como sabrás, y cuando hay que mirar algo en las montañas, allá que va sin pestañear…”; abundó el duende: “…además es nuestra curandera…”
-“La conozco bien…” contestó entre asombrada y abrumada la ardilla.
En medio del grupo se hizo hueco el zorro, que la escudriñó de arriba a abajo y luego con una sonrisa picarona le guiñó el ojo…
-“¡Venga zorro!...” dijo la rebeco, “¡que es mi amiga…!”
El duende le hizo una caricia sobre la nuca al zorro y remató: “es así de zalamero, pero es también muy cariñoso y buen compañero; es único poniendo trampas si viene algún visitante indeseado al bosque…”
Unos metros más allá, junto a una alberca, interrumpió la nutria…
-“¡Eh ardilla! ¡Cuando termines con esa reunión y te alojen, ven a tomar el último sol de la tarde aquí…!”
-“La nutria es nuestro mejor encargado de herramientas…” afirmó el duende acompañando sus palabras con una mueca… “…es muy seguro en su trabajo y sobre todo se mueve bien en los cauces de agua; a veces tiene que hacer reparaciones rápidas para evitar que se desborden…”
A la ardilla le agradó la mirada divertida e insinuante de la nutria; es sabido que estos mamíferos, son muy inteligentes, a la vez que un poco bohemios…; les agrada la noche y se muestran en ese ambiente más activos…
Igual que el tejón, que acababa de aparecer; otro de los noctámbulos del equipo; se abrió paso en el grupo avanzando su largo hocico…
-“¡Que jaleo es este! ¡…a estas horas de la tarde…!”
-“Pues que tenemos una nueva compañera…” dijo el duende; pero a continuación añadió refiriéndose al recién llegado: “es a quien le encargamos abrir hoyos y acequias cuando es necesario…; y además, ten cuidado ardilla, que este sabe trepar por los árboles y puede darte un susto…”
-“¡No me hagas mala prensa, duende…!”
-“No tejón, todos te apreciamos; tienes uno de los mejores oídos y de los más sutiles olfatos del bosque…”
-“No tiene importancia” masculló con coquetería…
En todo esto voló sobre las cabezas una joven, de cabellos rubios, vestida con túnica azul y con ademanes muy ceremoniosos, que sorprendió a la ardilla…
-“Hola chicos, ¿estáis todos bien y dispuestos a trabajar…?”
-“Es la señora del bosque” explicó el duende; “No vive aquí, sino en unas paredes de roca, montaña arriba; pero es quien controla todo lo que tiene que ver con el agua: la lluvia, la humedad, las aguas subterráneas, las fuentes, las riberas de los arroyos… La podrás ver en las noches de luna llena…”
-“¡uf!...” exclamo con timidez la ardilla… “…soy diurna; las noches las empleo para dormir…”
-“¡bah!...” terció con suficiencia el tejón, “…¡ya vendrás alguna noche a la danza del bosque…!”
-“No contéis conmigo” insistió la ardilla.
Llegaron por fin los últimos rezagados. La marmota, abriendo la boca, un poco cansada…
-“Qué, amigos, ¿me habéis dejado la madriguera que da al sol…?”
-“¡Siii…!” respondieron varios a la vez.
-“Pues allá que voy” y se dirigió a su cabaña con paso tranquilo…
Apareció una pareja de jabalíes, robustos y toscos, a los que presentó el duende como los encargados de la zona baja del bosque, donde las aguas a veces empantanan la pradera y son ellos quienes la drenan.
También vino el gamo que con sus hermosas palas escarba el suelo del bosque cuando hay que encontrar tubérculos o liberar las raíces…
Por fin se hizo el silencio cuando aparecieron los dos últimos del equipo, que se encaramaron en la copa de un gran abeto; uno de ellos, el urogallo, balanceando unas plumas que le cuelgan bajo el pico, observó de reojo a la ardilla y canturreó una tonadilla…; la ardilla pareció sonrojarse.
Y cerca de él, el quebrantahuesos, una de las rapaces más míticas de los contornos; austero, de pocas palabras y un poco gruñón…
-“No me gusta este ruido”, sentenció.
-“Bueno…” suavizó el duende; “…es el primer día y todos estamos contentos de volver a vernos en este lugar…” y prosiguió dirigiéndose a la ardilla: “ellos dos hacen los trabajos de altura; por ejemplo, cuando a un árbol no le llega la savia a la zona superior del tronco, ellos acarician con sus alas las ramas altas para estimularlas…”
El quebrantahuesos, miró a la ardilla y con voz seca preguntó:
--“¿Esta criatura sube a los árboles?”
-“claro…” respondieron, “…es una ardilla arbórea”.
El quebrantahuesos, meneó la cabeza, y dijo: “Vale”. Levantó el vuelo y se fue a su nido.
Fue en ese momento cuando la rebeco dijo:
-“Duende ¿que cabaña la damos?”
-“No es necesario…” apostilló la ardilla, “…yo me acomodo en la rama de este abeto…”
-“Le vais a dar aquélla” señalando una situada en la parte más alta…
La rebeco le miró extrañada y balbuceó un “¡huuum…!” con cierta sorna. Aquella cabaña era una de las preferidas del duende, ya que se observa perfectamente desde el sombrero de la gran seta, donde él vivía…
Los quehaceres
Al día siguiente todos comenzaron a poner a punto el bosque. El duende planificaba y determinaba los trabajos y cada componente del grupo se dirigía aquí y allá para cumplir sus cometidos; los primeros quehaceres: la limpieza de ramas y rocas caídas durante el invierno, encauzar los cursos de agua, revisar la ladera alta donde suelen amontonarse los arrastres, comprobar si han existido avalanchas…
En todo ello siempre estaba atenta la ardilla; ayudaba, aconsejaba, equilibraba, tranquilizaba, incluso racionalizaba los esfuerzos de unos y otros… Despuntaba desde el primer momento como una coordinadora natural del grupo, y todos empezaban a ver en ella un buen referente; reconocían que tenía experiencia en este trabajo.
El duende dejaba hacer…; cada día la ardilla le preguntaba por las prioridades y labores que él prefería abordar, y ella le proponía los horarios y mejores compañeros para realizarlos. Generalmente le parecía bien y empezaba a confiar en ella; lo que más le convencía es que se empeñaba en resolver cualquier dificultad. La sentía comprometida; organizaba y a la vez se asignaba sus propias tareas, iguales a las de los demás, sin desdeñar ninguna.
Por las noches el duende veía, desde una ventana abierta en el sombrero, que su luz era la primera que se apagaba; y cuando lo hacía, sonreía. Luego miraba el cielo estrellado, notaba que ella le producía un murmullo en el corazón… Le tranquilizaba saber que la ardilla iba por delante de cualquier olvido, y esto le hacía sentirse cada día menos impaciente; y era consciente que se enfadaba más raramente. Ella, sin saberlo, suavizó su carácter, a la vez que le iba sugiriendo nuevas perspectivas de las cosas…
Y así transcurrió aquella temporada. Durante el verano el bosque estaba más controlado, los visitantes admiraban la belleza de aquel paraíso vegetal, y el equipo de cuidadores se hicieron más sagaces para que ningún visitante saliera de los caminos… Reconocían que algunas de las ideas partieron de la ardilla…
Durante el otoño, la belleza de aquellos árboles y arbustos que enrojecían, como abedules, servales, álamos temblones… así como los arces o los durillos y alguna haya despistada, precisaban de un esfuerzo suplementario; así que muchas veces contaban con un empujoncito del equipo del duende…; también la aparición de los primeros frutos silvestres, en los que los cuidadores pusieron todo su empeño en espabilar el sotobosque: frambuesas, fresas, zarzamoras, arándanos y todo una variedad de bayas rojas y moradas, son el alimento de algunos habitantes del bosque, así como de algunos visitantes…
El duende quedó satisfecho con el trabajo realizado y reconocía que en gran parte se lo debía al buen tono que producía en el grupo su última trabajadora. A veces veía a la ardilla levantarse pronto y estirarse, apenas salir el sol, saltando de rama en rama…; otras veces, al caer la tarde, terminado su trabajo, la observaba encaramarse a la copa del abeto grande y quedarse sola mirando la puesta de sol; le resultaba curioso ver cómo quedaba absorta, como si desconectara del mundo. Era una criatura extraordinariamente sociable, pero que precisaba la soledad para su equilibrio…
Cuando el trabajo de aquellos meses estuvo concluido, comenzaron a separarse los componentes del mágico equipo, regresando hacia sus refugios de invierno. La ardilla le dejó todo inventariado, almacenado y cerrado; le preparó en unas notas con cuanto debía tener presente para el próximo año; recogió pronto sus cosas y sin apenas aspavientos, se despidió de todos y todas… Al duende le pareció que era escueta en la despedida; pero ella, sin mirar atrás, se encaramó al abeto grande y en un visto y no visto desapareció del recinto.
El duende fue el último en abandonar el bosque; aguardó que cayeran las primeras nieves y cuando adivinó que éste comenzaba a hibernar, preparó su carreta y los cuatro ciervos le trasladaron al refugio de los duendes, atravesando los misterios del espacio que solo ellos saben cruzar.
Durante los siguientes años, la ardilla fue uno de los seres necesarios; estuvo especializándose en la estructura de estos trabajos y pudo conocer mejor cómo había que realizarlos. Y con sus iniciativas, al duende le permitió disfrutar de otras labores. En aquél lugar oculto, la vida transcurría más plácidamente. Cada temporada unos venían para ocupar el hueco que otros dejaban. No volvió uno de los jabalíes pero vino otro; tampoco lo hizo su amiga la rebeco que se fue a otras montañas, pero vinieron otros rebecos; un año vino una loba, muy gestual en sus trabajos, con un excelente olfato y una experta tanto en identificar sonidos como en los aullidos…
Tampoco un año vino el tejón, pero hubo un lince que era buen trepador y listo para adelantarse a los imprevistos; silencioso y sigiloso, era hábil en los trabajos por los cauces. Y hasta un milano anduvo por allí, que al no llevarse bien con los roedores, tampoco hizo buenas migas con la ardilla…
Y hubo un hecho que afectó mucho a la ardilla; mantuvo muy buena sintonía con la nutria; aprendió de ella su gran habilidad con las herramientas, disfrutó en los trabajos que compartía en los cursos de agua y le cautivó su simpatía. Pero un invierno tuvo un desgraciado accidente en uno de sus trabajos y fue al cielo que todos los seres mágicos de los bosques tienen designado.
Es sabido que las ardillas arbóreas, son más sociables en grupos pequeños que en grandes concentraciones, y lo alternan con su tendencia a la soledad del nido; durante el verano almacenan frutos y semillas de alto valor energético, incluso de los que ya se han caído al suelo, y los llevan a sus refugios de invierno para utilizarlos durante esa época más escasa. Estos refugios siempre disponen de varias salidas, porque es previsora y no desea que algún depredador la coja desprevenida…
Algo que al duende le sorprendía de la ardilla eran sus estrategias vocales, que en los lugares de libertad las utilizan para advertir de la cercanía del enemigo, y que en este espacio de trabajo lo empleaba para convocar o llamar a los compañeros; sus gritos se oían de un lado a otro del bosque
Era encantador verla planear de rama en rama, enseñando sus dientes frontales de esmalte duro; su bella cola, era más que una cualidad estética, le servía para darle estabilidad y seguridad…; siempre estaba inquieta, moviéndose continuamente de un lugar a otro, como si no hubiera un mañana... Sus extremidades inferiores son muy fuertes para ayudarla a saltar…
Y la vida en aquel lugar cada año llevaba su propio ritmo; los trabajos siempre eran los mismos, pero no existía la monotonía. Cada mañana, con la salida del sol, comenzaba una aventura nueva e irrepetible.
Con la puesta de sol, todos se recogían, y los más noctámbulos encendían algo de fuego en el recinto de piedra; las relaciones entre unos y otros eran muy creativas y en aquel ambiente se producían de forma espontánea. El duende observó a la ardilla, encaramarse a una rama del abeto grande, en noche de gran luna, y posarse suavemente a su lado el urogallo, acariciarla con sus plumas bajo el pico y cubrirla con su gran cola en forma de abanico…
Los urogallos son especie protegida, muy singulares, que suelen gustar de las afluencias de agua…; les encanta dormir en las copas más altas de los árboles, cantar repetitivamente su tonada, mientras entornan sus enormes párpados rojos… Pero tienen tendencia a variar de rama y espacio…
Los años se iban sucediendo y todos envejecían un poco; aunque no se notara. La experiencia les hacía crecer y sus obligaciones estaban somatizadas sobre un entorno que era siempre el mismo; ello hacía que algunas jornadas que tenían libres se trasladaran por unas horas a otros bosques y otras montañas, para adquirir nuevas experiencias, comparar y mejorar su propio trabajo.
Un año, no pudo venir la ardilla a trabajar al bosque. El duende acostumbrado a su ayuda, tuvo que ingeniárselas para tomar de nuevo él solo las riendas, y le hizo reflexionar… Ella le hacía falta, y no estaba seguro si a ella también aquél lugar. Pero apareció brevemente de visita aquél verano; se fijó en sus ojos, aunque no era muy expresiva cuando se la miraba de frente, y entendió por su expresión que existía en su alma una mayor madurez. Él estaba acostumbrado a adivinarla, y ella siempre se adelantaba a sus intenciones…
El despertar
Pero hubo un año en el que se alteró la acostumbrada vida de aquel lugar. Se habló que venía de los valles de abajo una grave enfermedad desconocida que podía ser muy contagiosa para cuantos seres vivos pudieran habitar en el bosque. Cuando el duende llegó con la carreta y sus ciervos al solitario cerro del bosque, algo le decía que la situación podría desorganizar sus planes…
No todos los integrantes del grupo regresaron al bosque; unos decidieron no hacerlo, bien por temor al contagio o por otros motivos que se produjeron en sus propios refugios de invierno… La ardilla fue de los primeros en acudir y coger con gran decisión sus herramientas de trabajo. Era tan consciente como el duende de que se presentaba una temporada difícil.
Al duende le vinieron recomendaciones de cuidadores de otros bosques que se quedaran unos días sin salir del recinto, por protección… El duende que era un ser prudente, indicó a su mermado equipo que se quedara durante unas jornadas sin salir del entorno de la gran seta…
Esta circunstancia le permitió hablar algo más con la ardilla; alguna noche se sentaron al pie de la seta, bajo el cielo estrellado, y charlaron distendidamente, sin entrar en profundidades, de las pequeñas cosas que constituían la vida cotidiana de cada uno…
Una mañana, como la ardilla es de temperamento inquieto, propuso al duende hacer algunas reformas en la gran seta… El duende elevó las cejas, se rascó la cabeza, respiró profundamente y la miro con ojos entre perplejo y desconcertado. Ella sonreía como esperando sin pestañear su aprobación. Puso el duende alguna leve objeción, pero lo hizo sin mayor convicción; ella ya estaba decidida a ejecutarlo.
La reflexión que le cruzó por la cabeza en ese momento fue que, si se lo proponía con esa voluntariosa decisión, era porque quizá dentro de ella crecía un compromiso evidente con el proyecto del bosque y le apetecería poner su impronta… Era lo que el duende deseaba de ella desde el principio de esta historia…
Junto al tallo o pie de la gran seta se concentraba la sencilla estructura del recinto; un entoldado para protegerse de la lluvia, sobre unas mesas y bancos con tablones de madera, que hacía de comedor y de sitio de reunión; al lado contrario entre dos grandes álamos, un roble y el abeto grande donde la ardilla se estiraba, había una cubierta de madera, mirando la entrada…
En el interior del tallo se encontraba la cocina y la despensa, gestionadas por el oso y el muflón; a la altura del primer anillo, la sala de herramientas y el taller, que controlaban el quebrantahuesos y los jabalíes; y ya en el inmenso sombrero, el almacén, una salita de estar y las habitaciones del duende; de éstas, protegidas por las escamas, se abrían unas ventanas que asomaban por encima de una línea de cabañas, algunas excavadas en la roca, que miraban hacia el sur…
En el centro de aquel cerro se encontraba el círculo de piedras donde encendían de vez en cuando el fuego y una alberca que se llenaba de una fuente y desaguaba por un pequeño barranco que llegaba al arroyo.
Así que, la ardilla, planificó una concienzuda reforma de todo aquello que se mantenía anclado tal cual desde los tiempos de la magia…: y los miembros del reducido equipo, pertrechados de tablas, clavos, hierros, brocha y barnices, cambiaron en horas el aspecto de aquél lugar, aportándole un aire más actual sin perder su funcionalidad…; los ciervos susurraban y sonreían entre ellos: “¡ya verás que cara pone el jefe cuando lo vea…!”
El duende apenas hizo comentarios cuando contempló la reforma; esbozó una mueca y una media sonrisa. La verdad es que le gustó y entendió que la ardilla había puesto parte de sí misma en aquellos sencillos cambios; de esta forma todo sería un poco más de ella…
Aquella noche, placida y amable como otras, el duende, desde sus habitaciones, abrió las escamas del sombrero de la gran seta y se asomó a la ventana; miró desde esa altura el techo del bosque, con las copas de los árboles casi quietas; escuchó los escasos sonidos que le llegaban, una mezcla de agua discurriendo rápida por las pequeñas cascadas, el eco permanente de los valles glaciares por encima del bosque, alguna caída de rocas y todo ello salpicado por el canto del autillo o el cárabo y de vez en cuando por el silbido repetitivo del búho real…
Abajo permanecía encendido el fuego, donde el corzo y el zorro charlaban animadamente. Miró hacia las cabañas; la de la ardilla, apagada y con ella seguramente dormida. Se respiraba paz desde aquel mirador abierto sobre un paraje que había contemplado cientos de veces. Y pensó que algún día, aunque los duendes son mágicos, su cuerpo inerte regresaría a la tierra, de donde todos vienen, mientras su alma volaría al cielo del bosque para seguir animándolo…
Cada año traía en su carreta cuantos conocimientos fue acumulando, por su larga experiencia en muchos de los bosques de su mundo; todo ello, lugares, recursos, itinerarios, fórmulas, misterios, encantamientos y pequeños secretos… le entusiasmaría poder compartirlos con alguien tan independiente y comprometido con el bosque, como él lo había sido; su corazón ya lo imagina correoso, pero lo siente bombear cuando trabaja con la ardilla; es consciente, una vez más, que su cercanía le suaviza el carácter e ilumina con nuevas ideas su cerebro…
Echó una mirada al interior de su propia habitación y pensó que allí había sitio también para la ardilla, si ella quisiera…; él siempre tuvo tendencia a la soledad, se sentía endurecido pero a la vez tan sensible, que podía encariñarse con una mariposa…; y aquella pequeña criatura, le había ganado el alma año a año. Y con estos pensamientos cerró sus ojos a sus sueños de cada noche…
Aquella temporada fue incierta; no pudieron abordar todas las labores, solo realizaron las más necesarias, para que el bosque mantuviera su belleza un año más; y prepararon una relación de trabajos pendientes para el año siguiente. Tampoco fueron muchos los excursionistas que cruzaron por el bosque…
Y así llegó el final del ciclo, con el otoño dejando caer sus hojas, las lluvias recreciendo los cursos de agua y los frutos colgando del ramaje. Los escasos ayudantes del cuidador fueron preparando sus cosas con las obligaciones cumplidas, e iniciaron el viaje. La ardilla, con su serenidad habitual, incapaz de una despedida emotiva, recogió sus pertenencias, y cuando ya estaba dispuesta a marchar, miró al duende y casi sin mirarle, le dio un intenso abrazo…
Al duende casi se le cae el gorro…; sintió aquél cuerpo menudo agarrarse a su cuello y durante unos segundos tuvo la lucidez de no prolongarlo; se despegó él primero, pero tuvo una sorpresa inesperada. La ardilla le entrego la tartera que el solía utilizar, con el almuerzo de aquél día, ya que se quedaba solo… Cuando ella saltaba a la primera rama, el lo acercó a su nariz y aquello olía tanto al alimento como a su cercanía…
Sin pensarlo dos veces, con el recinto ya vacío, cogió sus herramientas acostumbradas, recorrió el camino bosque abajo, bebió agua de casi todas las fuentes y la luz del día brillaba en su cara mojada…; y en una de ellas, la más alejada y quizá su preferida, situada en un claro del bosque, se sentó, abrió la tartera y cuanto le preparó la ardilla le supo a gloria.
Recordó que allí la conoció hacía años y fruto de las emociones del día, se quedó después de almorzar dormido escuchando el gorgoteo del agua… Con su acostumbrado sueño duermevela, en el que reconocía cualquier ruido de aquel bosque que se hundía en el otoño, sintió como una sombra que se acercaba a hurtadillas a beber de la fuente…
Sobre la cazuela donde rebosa el agua se reflejaba una criatura temerosa, que se le quedó mirando como sorprendida… una cervatilla, quizá preñada de la última berrea, se asustó al verle y tiró bosque arriba…
Miró la tartera, estaba vacía como hacía años… Pero no estaba seguro de cuanto habría ocurrido hasta ese momento...; quizá lo que empezaba a recordar de aquella ardilla podría haber sido todo un hermoso sueño, que proyectaría su deseo de un encuentro así… Empezó a dudar si la ardilla existió…
No muy convencido, abundando en estos pensamientos, regresó a su lugar oculto sobre el cerro; allí solo estaban los cuatro ciervos, pero claro, no se atrevió a preguntarles por la existencia de la ardilla, por si a causa de semejante pregunta, hubiera sido real o imaginaria, pudieran pensar que los años empezaban a dejarle huella…
Pasó por delante de la que sería su cabaña, la más alta de todas; él tenía buen olfato, pero la concurrencia de olores de aquellos días de despedida, solo sirvió para concluir que fueron habitadas, pero ninguna confirmación de que ella existió. Llegó a la gran seta, y efectivamente estaba cambiada respecto a su antiguo aspecto; sería una confirmación… pero por qué no pudo ser reformada anteriormente y en su sueño se lo adjudicó a su iniciativa…
Estaba confundido; su corazón le decía que la ardilla existe, pero su cabeza le sugería dudas… Subió ya de noche a sus habitaciones en el sombrero de la seta, abrió las escamas que cubrían las ventanas y miró el cielo estrellado. Repasó atento todo lo se divisaba desde allí por si obtuviera una respuesta incontestable.
Finalmente se miró a sí mismo y notó que se sentía un ser más tranquilo que antes, que su ánimo lo notaba más sereno, su cabeza más lúcida, se mostraba más predispuesto a valorar y agradecer las cosas buenas que hacía su equipo y su pulso bombeaba más fuerte que antes… Sonrió escrutando con la vista el recinto vacío; había concluido, que real o imaginaria, ella realmente vivía en su alma…
Llegaron las primeras nieves, creyó que el bosque comenzaba a preparase para el largo invierno; cargó la carreta con su enorme bagaje y todo dispuesto, le dio unas palmaditas en el lomo inferior al ciervo más mayor; éste le miró con ojos incrédulos y susurró a los otros: “es la primera vez que tiene un gesto así; ¿qué le pasará…?”
Levantó su gorro de duende y mirándolo pensó: “…si fuera real y la convenciera, habría que hacerle dos agujeros para las orejas…”; y los cuatro ciervos le trasladaron al refugio de invierno de los duendes, atravesando los misterios del espacio que solo ellos saben cruzar.

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