Historia de dos elfos del Noguera Pallaresa
- Gente Viajera
- 19 may
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En cierta ocasión un hombre del valle que cuidaba sus caballos junto al río Noguera Pallaresa a la altura de la Coma de Perosa, junto a unos abetos centenarios que son un buen sesteadero para el ganado, me refirió una historia fascinante de que por allí existía una comunidad de elfos venidos del Norte de Europa,
Al parecer creyó verlos en varias ocasiones cruzando entre las bordas de Montgarri y los bosques de Bonabé, un recorrido mayor de seis kilómetros; y que incluso uno de ellos disimulando su entidad, entabló conversación con él y le refirió una leyenda entre dos maravillosas criaturas de aquel grupo que me emocionó.
Guardé en mi memoria aquella narración y años más tarde, descendiendo con gente por aquél lugar, alguien me señalo una tela roja que sobresalía detrás de uno de esos inmensos abetos. Me acerque y era un gorro de fieltro rojo con una orla inferior verde, que a la altura de la oreja tenía una ligera caída, seguramente para taparla… Recordé que los elfos ocultaban la parte superior de ésta para pasar desapercibidos…
Me quedé con aquella prenda y me dispuse a contar aquella historia que hacía tiempo conocí.
Sobre los elfos
Los elfos son criaturas mitológicas habituales en las leyendas nórdicas y germanas. Físicamente son muy parecidos a los humanos, aunque algo más bajitos y delgados, pero lo compensan con una mayor agilidad y fortaleza.
Por ser longevos, se les suele caracterizar como hombres y mujeres jóvenes, de acusada belleza; pero la única diferencia visible son sus orejas, ligeramente puntiagudas, que para pasar desapercibidas y no ser identificados, utilizan unas pequeñas prótesis, aparentemente tan bien caracterizadas, que es muy difícil diferenciar las suyas de las nuestras.
Suelen vivir en entornos de bosques, o lugares donde la naturaleza se mantiene inalterada, cerca de ríos o fuentes. Aunque se organizan en pequeñas comunidades, se mezclan entre los habitantes de los pueblos cercanos y es casi imposible reconocerlos. Disponen de grandes poderes que solo utilizan en caso de peligro. Entre ellos se identifican mirándose a los ojos…
En estos tiempos de grandes comunicaciones y de intercambio cultural, algunos grupos de elfos han colonizado el sur de Europa, en entornos de clima más mediterráneo; han asimilado nuevos modos de vida y viven tan cerca de nosotros, se expresan como nosotros, imitan nuestros defectos, nuestros gestos, nuestros comportamientos, que es casi imposible reconocerlos.
Por mayor seguridad, eligen entre ellos a sus vigilantes, que fisgan sus movimientos, sus relaciones, sus conflictos y procuran avisarles si, por algún pequeño detalle, pudieran ser identificados. Aunque acontece raramente, suelen mezclarse sentimentalmente con los hombres, cuando se garantiza que la discreción es absoluta. Podríamos en alguna ocasión haber tratado o conversado con algún elfo o alguna elfa en nuestras excursiones por el monte, o incluso podríamos tener algún conocido, pero lo ignoraremos siempre…
Habitualmente los vigilantes suelen ser elfos menores, aquéllos cuyos antepasados no hicieron el “gran viaje” tras despertar a orillas de una bellísima laguna; o son hijos de un elfo y de un humano, y no siempre heredan todos los poderes de los elfos. Por lo que unos y otros necesitan trabajar su alma en los valores de la naturaleza para ver la luz…
El meandro
Pues bien, dado que conocí por casualidad la historia que voy a relatar; y que prometí no descubrir el lugar del suceso, omitiré aquéllos datos singulares para que, aún dándole notoriedad, garantizo no delatar en un recorrido tan extenso la seguridad de sus protagonistas y de su ubicación.
Un elfo, cuyo nombre mítico traducido del nórdico antiguo es “tierra fértil” se encontraba pescando en el río Noguera, muy cerca de una finca de su propiedad dedicada al cultivo de nueces y avellanas silvestres; es por tanto un lugar con un microclima más benigno, donde a primeros de marzo comienza una intensa floración…
Empleaba muchas horas en su trabajo, que no siempre tenía los resultados esperados; por primavera se esperanzaba con una temporada bondadosa, pero luego la nieve o el granizo o el exceso de lluvia le menguaban la cosecha. Pero nunca mostraba desaliento, ya que habitualmente encontraba una buena razón para esperanzarse y mejorar sus cultivos, ilusionándose con la próxima cosecha.
Era paciente, y a su modo un buen estratega; por eso le gustaba pescar, y según el momento elegía el mejor tramo del río. Esta vez se encontraba en una especie de meandro, ancho y no muy profundo. La orilla de enfrente estaba flanqueada por un abetal, manchas de castaños y una hilera de fresnos.
Justamente de entre aquellos árboles apareció una joven que caminaba pensativa, con los brazos hacia atrás, y se distraía con los insectos, las flores… Se encontraba casi a su altura, en la orilla contraria, y aparentemente no había reparado en el pescador…
-“¡Hola!” dijo el elfo
-“¡Ah!” se sorprendió la joven; “no le había visto” y le obsequió con una sonrisa que a él le pareció picarona: “¿que haces?”
- “Ya lo ves, pescar…”
- “¿y pican mucho los peces?”
- “En esta época, todavía no es fácil, pero lo intento”
- “¿sueles venir a este sitio a menudo?
-“No, es la primera vez; es un lugar precioso”
-“Si”
- “Y tu…. ¿sueles venir a pasear por aquí con frecuencia?”
-“No; vivo en un poblado que está a un kilómetro en línea recta, y he salido a caminar sin rumbo fijo…”
-“Bueno, pues será el destino que nos ha hecho coincidir…”
La chica sonrió con alguna socarronería, se levantó un poco el vestido, y se sentó sobre una piedra, al borde mismo de la orilla. Y le miró con atención.
El elfo andaba distraído con un pequeño temblor del sedal, pero la observaba de reojo; le gustaba el vestido que llevaba, entre blanco y rosa.
-“Oye”, dijo la chica “¿Cómo te llamas?”
-“Juan”
-“No, el de verdad…”
Al elfo se le movió hasta las gafas; aquella seguridad le estremeció, levantó resuelto la vista y le observó los ojos con firmeza.
-“¡Qué casualidad!” dijo el elfo, “¡tu también eres…!”
-“calla” dijo sonriendo “¡qué sorpresa!”
Ambos se habían reconocido. Ella pertenecería a una familia de elfos diferente a la suya; una elfa preciosa, que había aparecido justo al otro lado del río.
El elfo se mostraba, sin ningún disimulo, entusiasmado y nervioso; durante unos segundos solo sonreía, irguiendo la figura y colocándose la gorra y las gafas
-“Me gustaría saber pescar…” dijo la elfa cortando el silencio
-“Pues cruza y te enseño”
-“No; me mojaría el vestido”
-Y el elfo, haciendo un gesto con los hombros, le dijo: “usa tus poderes…”
-“No” dijo resuelta; “sabes que eso no se puede usar por un capricho”
Entonces el elfo incorporándose, le dijo: “espera, voy hacia allá con mis botas de pesca y te cojo en brazos”
-“¡Quieto!” con un medio grito; “¡a mi nadie me coge en brazos!”
Y el elfo volvió a sentarse y permaneció callado
-“No me has dicho tu nombre mítico”, volviendo ella a romper el silencio
-“tierra fértil, ¿y el tuyo?”
Ella miró a izquierda y derecha y dijo: “agua helada…” “provengo de una familia del norte de Alemania”
El elfo hizo entonces un mal chiste, ciertamente molesto por haberle frustrado su buena disposición: “pues el agua de este río está templada, no sé por qué no quieres mojarte…”
-“No te enfades”, dijo ella en un tono amable; “me gusta verte como pescas… y me gusta hablar contigo…”
El elfo permanecía callado
-“Yo pertenezco a este lado del río, y no quiero cruzarlo… pero podremos charlar siempre que tu quieras… de orilla a orilla”
Él, frunciendo el entrecejo, asintió escueto: “Bueno”·
-“¿Estarás mañana aquí a la misma hora?” terció ella con una expresión acusadamente amable
-“Hasta mañana… agua helada”
Se levanto la elfa con cierta coquetería y le dijo adiós, metiéndose en el bosque, y sin mirar atrás.
Fueron muchas tardes las que ellos dos coincidieron en ese lugar del río; permanecía cada uno en su orilla y conversaban casi hasta la última luz; hablaban de ellos, de sus expectativas, de sus amigos, de sus familias, de sus historias personales, de las dificultades de cada día…
Pronto bordearon sus relaciones sentimentales… El elfo había convivido mucho tiempo con una compañera elfa, con la que compartió los trabajos de la finca; se organizaban muy bien juntos, tenían poco tiempo para ellos, y un buen día ella emprendió un largo viaje.
Pero la elfa le sorprendió a él con una confesión: afirmaba que no quería vivir con nadie, y que para evitarlo, tenía muchos amigos y que con aquéllos que le gustaban de vez en cuando hacía el amor…
-“Pero elfita”, solía llamarla así cariñosamente, “los elfos siempre hemos mantenido relaciones estables…”
-“Por eso los amigos con los que estoy son humanos…”
-“¡Pero eso es muy peligroso!” le dijo el elfo consternado
-”No te preocupes, soy más lista que ellos y distancio los encuentros para no caer en la rutina; así los chicos mantienen mejor el deseo… No pienso vivir con ninguno de ellos”
-“Creo que te equivocas; ¿y tus sentimientos…? ¿no te apetece compartir tu vida, ilusiones, dificultades, los problemas cotidianos, con un compañero de forma estable…?”
-”No se amar, ni quiero; prefiero vivir sola…”
En otra ocasión, hablaron de sus aficiones. Les unía, como a todos los elfos, el amor por la naturaleza; les gustaba caminar, hacer deporte… Pero un día le descubrió ella a él, algo que a éste le molestó mucho. Los elfos tienen prohibido fumar, beber alcohol y bebidas excitantes; pero a ella le gustaba tener las mismas costumbres que los hombres con los que se relacionaba.
-Te digo que juegas con fuego; eres muy inconsciente. Aparte del riesgo de ser descubierta, ¿no valoras que nuestra larga vida de elfos se basa en alimentos y costumbres sanas?
-“Ya” dijo ella bajando la mirada; “como nuestra vida es larga, asumo que viviré unos años menos…”
Siempre que él adoptaba una actitud seria con ella, por situaciones que no asimilaba, la elfa se levantaba, le decía escuetamente: “mañana nos vemos”, giraba sobre sus pies y se retiraba sin volver la mirada atrás.
E indefectiblemente en el nuevo encuentro, el elfo volvía animado, con alguna nueva sugerencia para ella; y ella siempre le respondía con una sonrisa, como si el día anterior todo hubiera sido feliz…
Un día le dijo él: “¿Por qué no nos vemos en la misma orilla?; ya sé que no quieres venir a mi territorio, déjame que yo cruce al tuyo”
-“No lo hagas” dijo la elfa con su seguridad habitual: “me encanta tu conversación… pero porque te veo enfrente; si estuvieras a este lado del río, perderías el interés…”. Y como vio que levantaba las cejas, tras un corto silencio, continuó: “busquemos otro lugar en el río que estén las orillas más cercanas.
En todos estos encuentros, sus propios vigilantes se miraban extrañados entre los árboles, de orilla a orilla; sus vigilados siempre quietos, cada uno en el lugar acostumbrado; él y ella hablaban despacio, con voz tranquila, ya que el silencio de aquél lugar propagaba adecuadamente la voz.
“Tierra fértil” aprovechaba para pescar y estiraba habitualmente las piernas; “Agua Helada” prefería la posición fetal, cruzando los brazos por delante de las rodillas. Sus vigilantes, escondidos, se aburrían; incluso alguno de ellos, de vez en cuando echaba una cabezadita…
El puente roto
Él recordaba que una vez, reconociendo el río para encontrar los mejores puestos y los cuerpos de agua más apropiados, pasó por un tramo donde el cauce se encajonaba formando una hoz; en un punto quedaban a ambos lados los asientos o bastiones de un viejo puente de madera. Consultó su mapa y le indicó como llegar desde su ribera.
El elfo se encaminó hacia allí, y al rato vio llegar a su amiga siguiendo un sendero; el ya tenía situada su caña hacia el río apoyada en un soporte, y se había sentado encima de los restos del sillar, balanceando los pies en el vació.
-¡Vamos, siéntate ahí enfrente…! señalando el elfo otro tramo de sillar semejante al suyo al otro lado.
-“¿no será peligroso?”
-“¡Que va! es un sillar sólido, de la misma roca de la pared; antiguamente hubo aquí anclados, con unas eslingas de acero, un par de troncos y unos tablones cruzados, pero debió de caerse con alguna tormenta o arrastrarlo una crecida…
-“¡míralos allí…!” dijo casi inmediatamente el elfo, señalando los restos que sobresalían del cauce, como a unos cinco o seis metros de profundidad desde donde estaban ambos…
La elfa ya estaba frente a él, y apenas les separaban diez palmos.
Al elfo se le notaba contento. La miraba sin disimulo y percibía hasta el olor de su gel…
-¿sabes que ahora que estás cerca te aprecio más bonita…?; te favorece la distancia corta…
-”Gracias”, dijo escuetamente ella sonriendo…
Se miraban, y ninguno de los dos soltaba palabra. Como casi siempre era ella la que rompía el silencio:
-Me encantaría trabajar contigo, aprender a podar, a cuidar el vivero, a recoger las almendras y las avellanas… ayudarte a envasarlas y a venderlas… ¿sabes que soy muy buena comercial?.
Al elfo se le encendía la barba, se peinaba el cabello con los dedos, y miraba hacia los pies de ella; calzaba como unas babuchas de piel vuelta que los hacían más estilizados… Enrojeciendo levemente la cara le dijo:
“Bien, manos a la obra, pero tendrás que venir a la finca que está a este lado del río…”
-”¿Cuánto pagas…?” dijo, esperando cogerle desprevenido
Levantando él la frente y las cejas, la miró con una sonrisa incrédula...
-“Sabes que los elfos acostumbramos a participar en los negocios familiares de los rendimientos y de los beneficios; quizá de esta forma salgas más beneficiada…
-“No” dijo la elfa con un cierto aire de suficiencia…”yo solo trabajo por dinero…”
Al elfo se le notaba en la cara su asombro por el desparpajo. Pero antes de que él interviniera, se adelantó ella con un tono seductor…
-“Aunque el sueldo sea bajito al principio…”
Y el quiso sentenciar, con un cierto aire triunfador: “Seguro que nos pondríamos de acuerdo… ¿Cuándo quieres empezar?”
-“No, Tierra Fértil” dijo ella mirando hacia abajo; “Solo te he dicho que me encantaría; pero no es posible. Tendría que cruzar a tu territorio y no quiero hacerlo… Yo vivo allí…” señalando con el brazo un punto hacía atrás.
-“Pero es seguro que este sitio lo vas a sentir tan bello como el tuyo y no lo echarías de menos… Y además podrías visitar a tu familia siempre que quisieras…” dijo el elfo contrariado
-“Tienes razón”, dijo ella; “pero aquí soy libre y se que lo voy a seguir siendo; en el tuyo no estoy segura, quizá cambie mi forma de vida, y más trabajando y estando cerca de ti…”
El no sabía si lo que había dicho era una excusa o un sentimiento; pero de lo que estaba seguro es que la elfa era una persona complicada…
-“Piénsatelo, es un trabajo bonito, y seguro que te entusiasmaría…” dijo sobreponiéndose
-“Seguro que sí…; pero de momento no va a ser posible”
-“Bueno, dentro de un tiempo quizá”
-“No guardes ninguna esperanza; mi libertad está por encima de cuanto yo pueda desear, incluso atraer…” Y cortó con cierta sequedad la conversación; “Bueno, ¿mañana a la misma hora?”.
Y sin esperar el seguro asentimiento del elfo, giró sobre sus pies y se marchó sin mirar atrás… pero esta vez había algo de tensión, y quizá de dolor en su gesto
El elfo dijo “hasta mañana”, y se quedó allí un rato mirando al vacío, y luego lentamente recogió sus artes de pesca
Tarde a tarde, desde este nuevo lugar de encuentro, intercambiaban reflexiones de casi todos los temas imaginables: la soledad, la amistad, el orgullo, la autosuficiencia, la educación, el dolor…; se limitaban a contar su pensamiento, sus experiencias, sin tratar de convencerse el uno al otro; tenían muchas coincidencias, excepto en todo lo relativo a la afectividad, que para él, la posición de ella, siempre era extraña
Un día el elfo le contó como le gustaría celebrar su unión con una nueva pareja: en un espacio abierto en un claro del bosque, rodeado de todos sus amigos, con una comida campera y con unos músicos que tocaran ritmos divertidos e invitara a todos a bailar -la música y el baile son una afición común en los elfos-.
Y ella le dijo que quería casarse como los humanos: con un vestido blanco y flores… pero en el interior de una cueva -las cuevas son uno de los lugares preferidos por los elfos-, y continuó:
-…Y quiero hacerlo yo sola, sin pareja, solo con mi padre y mi familia como testigos…
-“Que triste suena eso elfita…“
-“Porque quiero ser libre y elegir en cada momento con quién quiero estar, sin obligarme a estar con una pareja todos los días…”
.”Pero si en un momento dejas de querer a una persona, entre nosotros existe la separación amistosa…”
-“Es que no se trata de eso” sentenció la elfa: “hoy me apetece estar con uno, pasado mañana con otro, y a lo mejor dentro de una semana me apetece otra vez el primero… Qué quieres, que me case con todos a la vez incluso con los que hoy no conozco y mañana pueda conocer, y con los que me van a dejar de gustar…”
Y un poco enfadada, por no ser comprendida, indicó con más autoridad: “me quiero casar conmigo misma, ya que yo seré en cada momento quien elija a mi compañero de juegos y de cama…”
Fue la primera vez que la elfa le observó triste, casi apunto de soltar una lágrima; y siguió:
-“¡Por eso quiero permanecer en este territorio, que sé que aquí es posible; y en el tuyo es fácil que no…!”
Y como siempre que llegaban a un punto de desencuentro, ella se incorporaba, se despedía cortésmente, y para que no hubiera duda que quería seguir viéndolo, le decía: “hasta mañana gran elfo…” y emprendía el camino sin mirar atrás…
En los siguientes encuentros, hablaron de viajes, de los bosques que conocían, de las fiestas que se organizaban por aquéllos pueblos de la comarca, de la alimentación, del trabajo de ella (trabajaba algunos días en una guardería de elfitos…)
Un día llego el elfo con una vara de avellano de su finca, de unos dos metros. Se sentó a esperarla y cuando la tuvo cerca, agitó la vara tocando las piedras donde ella se colocaba:
-“¿Qué has traído…?
-“Una vara de uno de mis avellanos”
-“¿Para que?”
-“Cógela con las manos”
Ella la agarró, y él sujetándola con una de las suyas, con la otra comenzó a acariciarla hacia el frente y hacia atrás… Y el elfo, con cierta picardía le decía:
-“¿Sientes mis caricias… esta vara es flexible y ligera; trasmite muy bien el pulso…”
Ella consintió la prueba, pero a los pocos segundos le dijo:
-“¡Bah ya, es una tontería!
-“¡qué poco te gusta jugar” dijo él dando un respingo
-“es que solo me gusta acariciar a quien quiero…”
Se dio cuenta ella, que esta frase podría molestarle, y para evitar el incomodo, le dijo con un gesto de complacencia:
-“Venga trae la vara que la agarraré mientras estemos hablando”
Y él se la volvió a lanzar; y notaba que aquélla tarde, mientras complaciente mantenía la vara en su mano, ella se sentía más feliz y animada que nunca…; estaba espléndida, hablaba sin parar…; “mira aquélla planta que bonita… y aquél pájaro… y el árbol… y el agua del río…”
Otra tarde trajo, atadas en la punta de la vara, las plumas de una rapaz; y mientras conversaban, empezó a hacerla cosquillas oscilando la vara por su extremo, acariciando con las plumas el cuerpo de la elfa; como tenía el vestido un poco levantado, abanicaba con las plumas las rodillas, y descendía con suavidad por detrás de los gemelos... Ella respondía con una risa nerviosa: “¡no hagas eso… que soy muy sensible!”; él insistía…
-“¡Y dale…! hoy estás graciosillo”
A ratos, y al hilo de la conversación, volvía a repasar con las plumas otras partes del cuerpo de su amiga: estuvo unos momentos acariciándole las manos; a ratos consentía y a ratos las apartaba…; hasta que decidió optar la elfa por una de sus posiciones favoritas: tumbarse, dejando la cabeza al borde del pequeño acantilado: y cerró los ojos.
El hablaba de sus sueños: extender la plantación hasta un valle próximo, que estaba a sotavento de los vientos del norte, daba el sol y había una acequia; y pensaba que podría ser un buen lugar para poner almendros.
Mientras hablaba, seguía jugando con las plumas…; acariciaba con ellas desde su frente a la nuca, y parecía que le agradaba. Él andaba muy distraído con sus elucubraciones, y sin darse cuenta pasó las plumas por una de las orejas (ese lugar donde los elfos ocultan celosamente, con una prótesis, el helix o borde puntiagudo de la oreja para no ser reconocidos…)
Y la elfa se incorporó como si se hubiera activado un resorte…; y se encaró con él como fuera de sí…
-“¡¡Quien te ha dado permiso para tocarme las orejas..!!” ¿te he dicho yo que me las toques? ¡llévate tu vara y tus plumas, no quiero verlas!
Se volvió camino adentro, con paso firme y muy enfurruñada, sin despedirse y blasfemando con palabras inaudibles.
El elfo se quedó inmóvil, sin reaccionar, y articulando tímidamente un “lo siento, perdona…”
Y ella de lejos respondía agitando el puño; “¡No te perdono…!”
A pesar de esta reacción, el elfo al día siguiente volvió con su caña de pesca junto al asentamiento del antiguo puente. Esperó un rato, y como a media tarde apareció ella, seria y con la mirada baja…
-“Lo siento yo también; no te lo había advertido y te disculpo… ¡pero ya lo sabes para otra vez!”
Y se sentó sonriendo y coqueta como si nada hubiera pasado.
Hubo más días; y las conversaciones eran interminables. Hablaban de viajes, de los grandes bosques que conocían, de anécdotas, de sus tradiciones, de las costumbres de los hombres con los que convivían, de sí mismos, aunque raramente de sus sentimientos…
Y sus vigilantes, escondidos y disimulando detrás de los árboles, esperaban que en algún momento cruzara uno de los dos la orilla y se encontraran; les parecía lo normal, incluso les ahorraría trabajo: con un solo vigilante para los dos, bastaba…
El encuentro
Una tarde sucedió un hecho fortuito y extraño, que resolvía aparentemente la incógnita de sus vigilantes. Estaban el elfo y la elfa sentados en cada una de las paredes del río, sobre los restos del antiguo puente, y hablando de lo caprichoso que a veces es el destino… cuando se escuchó un gruñido indefinido a espaldas de ella, acompañado de chasquidos de hojarasca…
El elfo se levantó, ajustó sus gafas, ya que la luz era escasa, y efectivamente algo se movía entre el sotobosque a escasos metros de ella. La elfa se incorporó de un brinco, nerviosa y mirando hacia atrás…
-“¿Qué hago Tierra Fértil?”
-“No te muevas y tranquilízate”
En unos segundos, un nuevo gruñido más fuerte, acompañado de gemidos intercalados, procedía más allá de unas ramas que comenzaban a moverse; y saltando sobre ellas, apareció un enorme jabalí, seguido por otros dos, que corrían paralelos al río con el hocico pegado al suelo; el primero parecía enfadado, y sobre el ronquido gutural propio de estos animales, chillaba nervioso.
Al llegar a la altura de “Agua Helada” se detuvieron y la observaron; unas décimas de segundo antes de que éstos reiniciaran su loca carrera, ella, usando los poderes propios de los elfos, puso las palmas de sus manos hacia el suelo y dio un salto con una fuerza tan sobrada, para los dos metros y medio que le separaba de la otra orilla, que describiendo una elíptica cayo de pie a escasos centímetros del elfo. A éste se le cayeron al suelo las gafas y la gorra.
Y allí estaba, casi sintiendo su aliento y su nerviosismo, la compañera de tantas tardes, de tantas palabras, de tantos gestos en la distancia… No hacía ni dos minutos que hablaban del destino con la tranquilidad de siempre, y en un suspiro, aquellos animales los habían dejado a los dos frente a frente.
-“Mira como corren río abajo”, dijo él sonriendo
-“Me dan mucho miedo estos animales… ¿y si se hubieron abalanzado sobre mi…?”
-“No son tontos; estabas al borde de la pared y si no representas ningún peligro, huyen… Quizá hay por los alrededores algún cazador…”
-“En ese momento no tenía alternativa…” dijo la elfa, “pero, ¿No querías que cruzara?”. Y una sonrisa traviesa le iluminó la cara.
Él se limitó a darle dos besos respetuosos, uno en cada mejilla.
- ”Mi casa está a quince minutos a pie de aquí. Justamente a la entrada de la finca; ¿te apetece?”
- “Vamos; tomaré un vaso de agua fresquita para que se me pase el susto”
Casi rozándose los hombros, los dos caminaron como si el tiempo hubiera dejado de correr, y la tierra se detuviera obsequiándoles con un hermoso paréntesis; ajenos a todo, sonreían y gesticulaban como si aquél camino lo hubieran hecho juntos siempre.
Los dos vigilantes, también se saludaron; no tuvo más remedio que saltar el que cuidaba de la elfa.
- “No te preocupes”, le dijo el del elfo; “Me encargo yo de los dos”
- “Bueno, ya que he saltado, te acompaño un rato…”
-“¿Tienes curiosidad, verdad? Y mirando al cielo le puso el brazo sobre el hombro, con la naturalidad de dos compañeros de trabajo.
Tierra fértil abrió el portón de hierro; un corto camino entre dos hileras de avellanos conducía a la casa que se levantaba sobre un pequeño alto. El perro guardián, un boxer alemán, les hacía carantoñas a ambos.
Los muros de la casa eran de piedra y madera; la estructura podría ser antigua, pero se notaba la mano de un perfeccionista. A la entrada del zaguán había una fuente…
-“Mira bebe de aquí, es buena y fresquita…; viene de aquél cerro” señalando con la mano desde la puerta a un lugar impreciso.
Era una fuente de piedra, situada a uno de los lados de la entrada; ésta era amplia, del ancho de un paso de carruajes; el grifo era como una boca de cobre, e inmediatamente encima había un vaso limpio que estaba boca abajo sobre una bandeja; todo ello le pareció un detalle elegante…
- “¡que rica… cojo otro!”
Él estaba entusiasmado, con el alma arrebatada. Salieron los dos por una puerta posterior que daba a una terraza asomada al valle…
- “Mira aún queda luz; ¿quieres que te enseñe los almendros de arriba que aún tienen flor…?
La elfa decía sí a todo; parecía que toda su iniciativa, y ese talante soberbio que despuntaba a veces, lo había dejado al otro lado del río.
Cogieron un buggy biplaza, con las ruedas muy anchas, que estaba aparcado detrás del pasamanos de la terraza y subieron por un camino con barro y algo bacheado; a cada salto ella reía sin complejos; a cada momento, como en un murmullo, decía: “¡qué bonito lugar!, o “qué bellos son aquéllos árboles” o “la montaña del fondo es preciosa…”
Llegaron con la última luz a unas parcelas aterrazadas en pisos y vallas de piedra seca, donde a unos pocos almendros aún le quedaban flores en las ramas, entre blancas y rosáceas, que acaparaban la poca luz de la tarde. El sol se fue escondiendo en la línea del horizonte y el cielo se lleno de rojo y amarillo…
Enmudecieron. Él miraba al suelo y a ella, alternativamente. Y ella se quedó inmóvil, como ausente. Al elfo le pareció que temblaba en algún momento. Le hubiera gustado ponerle la mano a la altura de la clavícula con suavidad, pero no se atrevió
Esta vez rompió él el silencio: “¿te apetece cenar algo? Han sido muchas emociones”
- “Vale, te ayudo en lo que quieras” dijo la elfa saliendo de su ensimismamiento. Y regresaron los dos hacia la casa, pero ahora apenas decían alguna frase completa.
-“¿Cenamos en la terraza?, hace buena temperatura esta noche” sugirió él
-“Lo que prefieras, tu mandas…”
Ella sintió la sensación como si todo estuviera preparado; una generosa ensalada de frutas con queso y avellanas, para más de dos personas, pan de centeno y mantequilla, y un dulce de zanahorias hecho al horno que le pareció delicioso. Todo improvisado y perfecto.
La conversación fue un repaso interminable de muchas cosas, imposible de resumir. Él tuvo mucho cuidado de no volverle a ofrecer aquél trabajo que rechazó un día.
-“¿Quieres quedarte; tengo sitio para ti…; es de noche y si regresas podrías tropezarte con los jabalíes…”
Ella movió la cabeza en un gesto indefinido, a la vez que sonreía, como si despertara de otra situación que estuviera viviendo. Le miró entonces la elfa con seguridad, como si hubiera recobrado el tono que le era habitual cuando estaba al otro lado del río.
-“¿Tienes un sitio digno de mi?”
Y el elfó lanzó una carcajada sonora y desahogada por lo inesperado de la respuesta. Se levantó y en un gesto que no era habitual en él, le retiro la silla…
- “¡Oooh! Gracias, ¡qué cortesía!”; y acercándose al oído de él, en un gesto confidencial, le dijo:
“Te agradezco mucho lo de la silla, pero otra vez no lo hagas… soy tan suficiente como tú para levantarme”
-“No, si generalmente no lo hago; lo he visto en el cine…”
-“¿No te habrás molestado?”
-“¡Que va!, contigo a estas alturas…”
Subieron por unas escaleras a la buhardilla. La habitación era una preciosidad; el techo de madera inclinado hasta el suelo, muebles sencillos y con gusto… y un enorme tragaluz desde el que se veía el cielo…
-“En ese armario puedes encontrar lo que precises para dormir; y se necesitas algo, toca esta tubería de calefacción; yo duermo debajo”
Y le mostró una pequeña azotea pegada a la habitación
-“Siéntate aquí un rato hasta que te entre el sueño” Y le mostró dos viejos sillones bajo una techumbre.
Le sorprendió el lugar a la elfa; pero ese día estaba dispuesta a asentir.
-“Déjame que me cambie en la habitación”
-“Aquí te espero”
Y se sentó el elfo con las piernas estiradas y la cabeza mirando a un cielo estrellado que aquella noche le parecía más intenso
Al rato apareció en la azotea la elfa, descalza y con una larga camiseta que le llegaba a las rodillas. Se sentó en el otro sillón y lo mismo que él estiró las piernas hacia delante, y se quedó también mirando hacia el cielo.
El elfo la miraba de reojo; y observaba discretamente sus pies y el perfecto equilibrio de los gemelos…
-“Allí tienes la estrella polar y la osa menor… más a la derecha tienes la osa mayor…; a este otro lado Andrómeda… y más atrás Casiopea…
-“¿es verdad que la situación de la luna afecta a tus árboles?. ¿Cuando tienes que decidir si podarlos o cosecharlos…?
Él era un experto y comenzó a hablarle de cuanto conocía de los almendros o de los nogales. A ella le gustaba escucharle, y dio con el tema adecuado; en cuanto le refirió la primera anécdota, ella recogió sus piernas y con los pies en asiento, se quedó extasiada a punto de dormirse…
-“¡Agua Helada! ¡que te quedas ausente…!
-“Sí, estoy a punto de dormirme”. Se levantó y con cierta coquetería le dio un beso en la cara… y moviendo la mano, con voz muy suave bisbiseó:
-“Hasta mañana gran elfo” y se fue a la habitación.
Él se quedó un rato más; quizá deseara que aquél sueño no se desvaneciera, a la vez que agradecía que ese día el azar diera en ellos un paso de gigante…; pero también sabía que las relaciones son siempre complejas y que para iniciar una nueva se necesita un golpe de inspiración por ambas partes.
Se levantó y bajó las escaleras.
El final
Antes de amanecer, noche aún, se levantó el elfo y preparó el desayuno de los dos. Desde la cocina le sorprendió ver al otro lado de la terraza, dos sombras durmiendo en un cobertizo acristalado que utilizaba de invernadero. Sonrió y pensó en los dos vigilantes… Así que, lo primero que hizo, fue llevarles un par de zumos, una jarra de café y unos bollos; con mucho sigilo abrió la puerta y lo dejó todo sobre una mesa que le servía para remover los plantones a otros recipientes.
Volvió a la cocina y ultimó los detalles del desayuno. Lo llevó a la azotea y lo puso sobre una pequeña mesa de cristal. Cuando volvió a por los termos, dio unos golpes en el tubo de la calefacción que atravesaba la habitación donde dormía la elfa.
-“¡Agua Helada! ¡Buenos días! ¡Sal un momento a la azotea que te voy a mostrar algo que nunca habrás visto!”
Cuando subió las escaleras de la buhardilla, ella apareció en la puerta de la habitación con los ojos medio cerrados…
-“¿Qué pasa gran elfo?, aún es de noche…”
-“Por eso elfita; abrígate y sal; después sigues durmiendo si quieres”
Poco convencida, salió a la azotea y cuando vio las tostadas, las galletas de canela y el zumo, dio un sorbo, pellizcó una galleta y comenzó a espabilarse.
-“¿Conoces el rayo verde?” dijo el elfo
-“No se de qué me hablas”
-“Pues nada, toma algo y cuando yo te diga fija tu mirada en aquél punto”
Y le señaló un lugar en el horizonte que comenzaba a clarear con un toque rojizo.
-“observa aquél collado que hay entre la montaña más alta y el otro monte que hay a su izquierda; justamente allí…”
Y le dejó unos prismáticos
-“Si; ya lo tengo localizado; ¿y que va a ocurrir?” le preguntó con curiosidad y con inquietud a partes iguales
El no dejaba de mirar su reloj, aguardando unos instantes en silencio…
-“Falta un minuto; parpadea y mira fijamente aquél punto, y durante dos segundos observarás un rayo verde”
Obediente e intrigada se quedó observando inmóvil, sin estremecerse, y sin despegarse de los prismáticos. Y efectivamente un pequeño reflejo verdoso apareció poco antes de que despuntara el primer destello del sol…
-“¡Qué bonito Tierra Fértil, nunca lo había visto!”.
-“Otra experiencia más” dijo el elfo con un tímido aire de suficiencia..
Ella se sentó en el sillón y desayunó con avidez, moviendo el brazo con parsimonia… Todo le parecía perfecto; demasiado perfecto para lo que estaba acostumbrada con sus amigos.
El elfo, tras preguntarla, le llenó la taza con los termos de leche y té, y bajó las escaleras. La elfa se quedó sola metida en sus pensamientos y en el desayuno.
Y decidió, mirando aquél amanecer maravilloso, ducharse y vestirse.
Cuando descendió al saloncito de la casa, donde estaba la chimenea, infinitas cosas por las paredes, dos vitrinas a rebosar y un sofá enorme con cojines en el centro de la estancia, se sentó sin hacer ruido en una esquina de éste; le miro, pero más que mirarle, le escrutaba, observaba sus movimientos, cómo balanceaba la cabeza mientras limpiaba, sobre una mesa bien iluminada por una ventana, varias herramientas parecidas a unas tijeras.
-“¿has dormido bien?” dijo el elfo; “siento haberte despertado; pero hoy estaba el cielo limpio y ese fenómeno óptico, que sucede al amanecer, te lo quería mostrar; es espectacular por su brevedad…”
Ella susurro para sus adentros las últimas palabras: “…por su brevedad”
-“¿dices algo Agua Helada” mientras se esmeraba con un trapo sobre el borde de una herramienta; y continuó: “¿has leído algo de Julio Verne?”
-“Si; los hijos del capitán Grant; y luego comencé la Isla misteriosa, pero no la terminé…”
-“¡Ah!, pues tiene una novela llamada El rayo verde, en el que describe el fenómeno que acabas de ver, en uno de sus viajes más románticos…; aquí, al encontrarse la línea de montañas muy baja, en mañanas claras, y cuando hay condiciones atmosféricas adecuadas, se aprecia muy bien…; el destino ha elegido bien el día…”
Y continuó el elfo, con manifiesta turbación: “cuenta en el libro que existe una leyenda, que cuando dos personas lo ven a la vez, quedan enamoradas la una de la otra, como si fuera un momento mágico que invade a ambas…” y sonrió con picardía…
_”No creo en el amor, ya lo sabes; el rayo era muy bonito, pero tú lo has reconocido: es muy breve y desaparece; y queda el resto de un largo día”
Sin esperar respuesta, la elfa continuó intentando evitarla:
-“Siento no haber estado muy amable; tengo un despertar muy malo y muy lento; aunque la verdad, esta mañana he reaccionado bien, y entre el rayo y las galletas me he puesto pronto las pilas…”
-“Genial entonces”
-“Tengo que irme; trabajo esta mañana unas horas; y me dejan los niños más revoltosos; necesito tiempo para ir mentalizada…”
-“Te acompaño entonces hasta el río…”
-“Vale; subo a la habitación y te la dejo ordenada”
-“No te molestes Agua Helada”
-“Deja, son unos minutos"
Al bajar las escaleras ya había recobrado la elfa su tono de siempre: entre suficiente, algo soberbia, aparentemente segura…
-“Si te quieres quedar trabajando, ya conozco el camino Tierra Fértil”
-“Nada; así hago un paréntesis; para limpiar estas herramientas me dejo un poco la vista…”
Y salieron fuera de la casa; pero antes de abandonarla, ella volvió a beber de la fuente. A él le pareció que, cuando dejaba el vaso sobre la bandeja, lo acariciaba un poco absorta…
Camino del puente inexistente, hablaban de la cena, de lo ordenada que tenía la casa, de lo cuidada que percibía la finca, de lo enamorado que él estaba de sus árboles…
El sonreía y bajaba la mirada. Querría decirla otras cosas; quería volver a verla, y no a través del río; él presentía que su corazón comenzaba a bombear, y con fuerza; quería encontrar la ocasión para expresarla algo inequívoco. Pero conocía sus reacciones, y sabía que hablar de sentimientos era un territorio vedado.
Por ello, en estos últimos minutos de regreso, caminaba como ausente. Estaba convencido que aquella elfa era, piel adentro, muy sensible; que rechazaba los sentimientos por defenderse de ellos, por no sentirlos y mostrarse vulnerable ante ella misma; que había decidido no amar y lo compensaba compulsivamente con desear a quienes tenía la seguridad que con ellos no iba a existir una relación de amor.
Los cantiles del entronque de aquél puente cuyos maderos están podridos en el lecho del río, estaban a la vista; y al llegar, se detuvieron y se miraron fijamente como hacen los elfos para reconocerse. El elfo respiró profundamente y estaba dispuesto a ser valiente.
-“Agua Helada, quiero decirte algo”
-“Y yo también gran elfo”
Ante la expectativa de otra confesión parecida, él detuvo su impulso y dijo sin la mayor importancia:
-“¿Nos vemos esta tarde, como siempre…?”
-“De eso te quería hablar…
Con el aplomo de expresar algo muy meditado, con voz baja pero firme, y mirando al suelo, la elfa le sorprendió:
-“Ya no nos vamos a ver más Tierra Fértil…” y antes de que el elfo contestara: “…He aprendido mucho de ti durantes estos días de charla, y de vernos los dos con el río a nuestros pies…; ha sido muy hermoso…”
-“Pero…” se limitó a decir él
-“Pero las cosas comienzan siempre con fecha de caducidad…; creo que ese momento ha llegado”
-“¿Estás segura?”
-“Si dudara, no te lo habría dicho. Si hubieran más tardes, para ti buen elfo, sería cada vez más penoso dejarlo…”
-“¿Ha habido algo que yo haya hecho o haya dicho que te pareciera inconveniente?”
-“No, al contrario, todo ha discurrido perfecto. Eres un buen elfo; eres maravilloso, atento, ordenado, cariñoso…; eres un elfo perfecto…” hizo un silencio muy breve y siguió:”Tu mereces que alguien ocupe tu vida y la comparta con la misma dedicación que tu pones en la cosas… Y yo nunca podré ser esa persona”
Dejó el elfo un espacio de tiempo suficiente, y aún sabiendo que cualquier razonamiento que dijera sería inútil, hizo un intento
-“Podemos seguir viéndonos de vez en cuando, cuando te apetezca…”
-“Ha sido para mi una gran experiencia y así la guardaré; no quiero que se desvirtúe…”
Ella vio que, a pesar de la gran contención que él mostraba, sus ojos comenzaban a enrojecerse y su cara hacía patente la contrariedad…
Y quebró ese momento con algo que el elfo no esperaba:
-“¿No me vas a dar un abrazo, el último y único abrazo…” sugiriéndolo con una leve sonrisa contenida
Ambos se abrazaron con vehemencia, y el elfo no pudo contener que unas cortas lágrimas le humedecieran los ojos… y al cruzar los brazos por la espalda de ella, se le cayeron al suelo las gafas y la gorra
Aquél abrazo duró tiempo. Y el curso de la vida se paralizó alrededor de ellos, y cuanto viviera sobre la tierra circundante contuvo la respiración.
Ambos sintieron el latido del otro; el calor del pecho…; por primera vez expresaron gestualmente los sentimientos que deberían quedarse dentro
Él se separó lentamente. Y comprobó que la expresión de ella era invariable; como si apenas le costara.
Agua Helada giró sobre sus pies, puso las palmas de las manos paralelas al suelo, y con el poder que tienen los elfos, saltó sobradamente a la otra orilla.
Sin mirar atrás, se fue alejando por el camino hasta perderse de la vista del elfo.
El elfo se quedó con la mirada distraída en la ribera de enfrente; la recorrió de izquierda a derecha como si se preguntara si aquélla escena que acababa de vivir fuera real o la estaba imaginando.
Se agachó, recogió sus gafas y su gorra, y regresó cabizbajo.
Cuentan, y seguramente que la información vino a través de su vigilante, que nada más cruzar, la elfa rompió a llorar como seguramente nunca lo hiciera en su vida; que las lágrimas le invadían la cara como borbotones; que camino de casa, el llanto se transformó en sollozo, y a ratos debió sufrir pequeños espasmos en el vientre, ya que tuvo en dos ocasiones que pararse y apoyarse en alguna de las vallas del camino. Y que estuvo varios días sin salir de casa.
Quienes la conocieron dicen que fue una persona querida en el entorno. Que tuvo amigos en todos los pueblos y rincones; que siempre era la más animada en fiestas, reuniones y cualquier acontecimiento social; que vivió sola en la casa familiar, pero que nunca le faltaron compañeros con los que salir y divertirse; que vivió muchos años.
Pero las personas más cercanas a ella reconocen que nunca se la vio tan feliz como aquella primavera que daba paseos por el río.
Del elfo poco trascendió. Trabajaba mucho en la finca, compró un terreno colindante que llegaba hasta un riachuelo y plantó almendros. Que vivió solo; que en su comunidad siempre acudía cuando se le necesitaba; que era discreto, amable y sonreía lo justo.
Como la finca creció, en temporada tenía gente ayudándole, sobre todo en la recolección. A los colaboradores más cercanos, les sorprendía que, al llegar la noche, subía a la buhardilla, abría la puerta de la habitación de invitados, ponía música muy bajita, salía a la azotea y se quedaba mirando las estrellas. Hubo noches que se quedó allí dormido.
Tuvo amigos con los que salía de excursión, con los que tenía largas conversaciones en la terraza de casa o, en los días fríos, en el salón donde nunca faltaba leña en la chimenea.
Pero todos tenían la sensación, de que siempre había alguien en su recuerdo, de quien nunca dijo nada.
Salía a pescar pero acudía a otros ríos en un valle colindante. Nunca volvió a aquél río que tenía cerca de la casa; del que curiosamente, nunca se construyó sobre él ningún puente.

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